
Es sabido, una película sobre un personaje que padece cáncer no es lo más atractivo para el público en general, pianta-público se dice. Poco importa la calidad de la película en cuestión, prevalece una idea prejuiciosa de que el cine debe se entretenido (como si un drama no pudiera serlo). Peor aún si el título es El tiempo que resta, que resta público. Mejor cambiarlo por uno más optimista, Tiempo de vivir (Le temps qui reste, 2005), porque tratándose de un film del siempre interesante François Ozon conviene estrenarlo.
A Romain le detectan un cáncer fulminante, le quedan tres meses de vida. Elige no hacer tratamiento, inútil. Ozon se concentra en el personaje -un impresionante trabajo Melvil Poupaud, marcando el deterioro con su cuerpo. Sin ampulosidad, ni morbo ni golpes bajos, el director va acompañando a Romain en un proceso en el que intenta llegar a una íntima comprensión de lo que le sucede, algo, al fin y al cabo, universal.

Volviendo al tema de las traducciones de títulos, más allá del humor con que pueda tomárselo, dice algo del estado de cosas de nuestra cartelera. Lo primero sería preguntarse por qué no se confía en el título original. ¿Acaso Ozon y los productores franceses no lo eligieron para su estreno local? ¿Es el público argentino más tonto que el francés? Sucede que el cine es tomado como simple mercancía, poco importan las cualidades de un film, sino buscar el gancho en el título, aunque se llegue a desvirtuar la intención original de los autores. Total, qué importancia tiene... Adjudicarle un sentido positivo a una película que no va en esa dirección, es también un engaño. Había mencionado esto en la entrada de La conquista del honor, otro aberrante título que invierte el sentido de lo que se va a ver, al cambiar el origina Las banderas de nuestros padres, mucho más sugestivo y rico en interpretaciones. En ese caso, busca darle un tono heroico a una historia que plantea como la mentira se instala en la base de la construcción de la heroicidad y el espíritu patriótico. Hay en la actitud una subestimación y un menosprecio por la inteligencia del público. E incluso puede producirse el efecto contrario, uno puede dejar pasar una buena película por dejarse llevar por los imbéciles títulos que les ponen acá. Como decía, tiene que ver con el estado de la cartelera que tenemos. Si los distribuidores suponen que el título de una película nos va a espantar, a pesar de ser el elegido por los autores, aunque se trate de un film clásico y convencional, o de una película que vaya dirigida a un espectador un poco más exigente, difícilmente traigan cine de propuestas arriesgadas en serio. Así estamos.
Por suerte Liniers identificó al responsable de estos atropellos, y lo expone en su tira Macanudo. Aquí dejo constancia:



















































